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Barcelona

Por qué Barcelona lleva un reloj

La primera edición tenía que ser Barcelona por una razón poco romántica: el taller láser está aquí. Pero cuando uno se pone a pensar por qué esta ciudad y no otra, aparecen mejores motivos.

En 1859 Ildefons Cerdà dibujó una cuadrícula con las esquinas cortadas en chaflán. No lo hizo por estética: quería que los carruajes girasen sin chocar y que entrara luz y aire en una ciudad que se moría de tifus dentro de sus murallas. Ciento sesenta y pico años después, esos chaflanes son lo que hace que Barcelona se reconozca desde el aire, y son la figura que está impresa en la tarjeta de esta primera edición.

Hay una cosa que Barcelona hace mejor que casi ninguna ciudad: se camina. Se puede ir del mar a la montaña andando, cruzando barrios que no se parecen entre sí, sin coger nada. Un reloj de treinta y cinco milímetros, ligero, que no importa mojar, es exactamente el reloj de una ciudad que se recorre a pie.

Y luego están los hoteles. No los grandes de la Diagonal, aunque también: los de veinte habitaciones en un edificio del Eixample, con el ascensor de madera y la recepción de una sola persona que se sabe tu nombre el segundo día. Esa persona lleva reloj. Casi siempre uno barato, porque se le va a mojar y se le va a golpear, y porque mirar el móvil delante de un huésped queda mal.

Ese es el reloj que faltaba: uno que sirva para las dos personas de la escena. La que llega con la maleta y la que le da la llave.

Cien piezas. La ciudad impresa en la esfera y el número grabado detrás. Cuando se acaben, esta edición se cierra y no vuelve.

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